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Loxandra

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Este mes leemos:

Loxandra de María Iordaniu

¿Por qué hemos elegido este libro?

  • Porque creemos que la María Iordanidu es una escritora que tendría que ser más conocida y, no obstante, solo ahora empiezan a llegarnos sus libros gracias a unas traducciones muy cuidadosas.
  • Porque la autora fue testigo, y así lo demuestran sus libros, de una época de la historia poco conocida y terriblemente importante por el devenir europeo.
  • Porque estamos seguros que nos enamoraremos del personaje de Loxandra, una mujer excepcional y que al mismo tiempo ejemplifica a muchas mujeres que vivieron una situación similar. La autora se basa en la vida de su abuela para explicarnos la Loxandra.
  • Porque creemos que esta novela de apariencia fácil, lleva más complejidad de la que parece en un primer momento y nos llevará a leer sus otras novelas.

 

Un tastet....

Dice Loxandra que vino al mundo en Constantinopla, en tiempos del sultán Abdül-Mecit, «que mala muerte tenga…».

—Shhh, cállate, Loxandra, nos perderás.

—¡Oh, que Dios conceda larga vida al sultán AbdülMecit, mal rayo lo parta!

—Shhh, calla de una vez. ¿Te has vuelto loca para gritar así?

Pero Loxandra no está gritando. ¿O sí? No, está hablando en voz baja. Pero la voz baja de Loxandra resuena como una campana de Santa Sofía. Sólo los muertos no la oyen. Una voz muy grande y sonora tiene la bendita y no la puede modular.

Todo en ella es grande. Una voz grande, un corazón grande, un estómago grande, un apetito grande. Pies grandes con arco y tobillos finos, una buena base para sostener su cuerpo grande sobre la tierra. Grandes manos patriarcales, ortodoxas. Manos para ser besadas. Dedos largos y torneados, hechos para bendecir y emanar la fragancia del mahalebi y del incienso. Manos hechas para dar. «Servíos, comed», invitan sus manos abiertas sobre la mesa. «Que comas, te estoy diciendo. ¡Eso que te serviste no es nada!».

Pero sobre todo, las manos de Loxandra están hechas para cargar a los recién nacidos. Su palma parece un trono cuando abraza las nalguitas del bebé, lo levanta en alto y le canta…

Tajtiri, tajtir,

tajtiririrí, tajtiririrí,

¿adónde vas así?

Por un puñadito de ajonjolí.

¿Cuántos niños se habrán criado entre esas manos? Primero sus dos hermanos pequeños, al morir su madre. Luego el huérfano de la tía Katina. Luego sus cuatro hijastros y, por último, sus dos hijos.

Dimitrós era viudo cuando Loxandra se casó con él. Era un viudo con cuatro hijos: Epaminondas, Theódoros, Yorgos y Agathó, que todavía usaba pañales.

«Mamá» la llamó Agathó en cuanto comenzó a hablar. «Mamá» la llamó de inmediato Yorgos, que entonces debía haber tenido unos dos años. El mayor, Epaminondas, que tenía catorce, la llamó «tata», sólo Theódoros la mortificó mucho al principio. Cuando su padre estaba presente no la llamaba de ninguna manera, pero cuando no andaba por allí, se dirigía a ella con desprecio llamándola «doña Loxandra».

—Estás mejor en tu cocina, doña Loxandra.

—Si quisiera estar en la cocina, ¿te pediría permiso?

—Y momentos después, acariciándole la cabeza—: A ver, mi hijito, a ver, mi pachá. Tómate estos polvitos, tómate tu quinina para que te cures.

—Lárgate de mi cuarto. Tu lugar está en la cocina.

¿Ah, sí? Aquel día Loxandra pescó a Theódoros por la nariz, se la apretó con toda su alma y en cuanto el niño abrió la boca para respirar, le vació la quinina en la lengua. Acto seguido abandonó la habitación. Lo dejó encerrado dentro, para bien o para mal, y comenzó a bajar pesadamente la escalera gritando:

—¡Estás hecho todo un bashi-bozuk aquí dentro! ¿Eh? ¡Espérate y verás lo que voy a hacer contigo!

Pero en cuanto entró en la cocina encendió una hornilla para prepararle al muchacho el halvás que tanto le gustaba. Ése fue su primer enfrentamiento con Theódoros. Luego vino otro, y luego otro más, hasta que un buen día llegaron a las manos. Por aquel entonces Theódoros era un chico robusto de unos doce años y Loxandra se las vio negras, porque en medio de la pelea la pobre intentaba no hacerle daño, mientras el otro la golpeaba en el estómago y en el pecho.

—Óyeme tú…

—Y al cabo de un ratito, más alto—: ¡Óyeme!…

—Se enfureció Loxandra. Se le montó encima y le clavó los hombros contra el suelo—. Quieto… ¡Quieto te digo! Condenado muchachito. ¡Diablo sinvergüenza! Te voy a matar. ¡Ah! A Loxandra ese «¡Ah!» le salía stacatto. Lo lanzaba de la laringe a la cara del interlocutor como un garbanzo tostado, y uno sentía el golpetazo en la frente. Aquello quería decir «Se me ha acabado la paciencia».

Después del incidente, Theódoros esperaba un castigo de su padre y se sorprendió mucho al darse cuenta de que Loxandra no le dijo nada a Dimitrós. Tiempo después volvió a sorprenderse cuando Loxandra, por su cumpleaños, le cosió un bonito traje. Y más tarde se sorprendió de nuevo cuando Loxandra vendió un terrenito que tenía en Prínkipo1 para que Theódoros pudiera inscribirse como interno en Galatasaray y estudiar, ya que así lo deseaba su padre.

Cuando al terminar el primer cuatrimestre Theódoros volvió a casa a pasar las vacaciones de Navidad, Loxandra se precipitó a su encuentro y con las manos llenas de harina le dio la bienvenida en mitad de la calle. Eran tales sus gritos de alegría que los vecinos, asustados, se asomaron por las ventanas para ver qué estaba pasando. Theódoros se lanzó a sus brazos y le dijo «tata». A partir de entonces empezó a llamarla «tata». Y nunca más volvió a mortificarla ni a contrariarla

Fecha:

26 de octubre de 2023
de 18:00 a 20:00 horas

Idioma:

Catalán

Lugar:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 – Barcelona

Coordina la actividad:

Glòria López Forcén

Espacio donde se realiza:

Aulas 6 – 7

Esta actividad (gratuita) requiere inscripción previa:

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Más información en el Centro:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 Barcelona
93 396 80 59
activitats@barcelona.uned.es