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Crepuscle

Inici » Club de lectura: Crepuscle de Philippe Claudel

Este mes leemos:

Crepuscle (Angle Editorial) / El Crepúsculo (Salamandra) de Philippe Claudel

Por qué hemos elegido este libro

– Porque Philippe Claudel es uno de los más importantes escritores europeos y todavía no lo habíamos comentado a nuestro Club de Lectura.
– Porque creemos que, una vez leída la novela Crepúsculo, muchos lectores querrán saber más del autor y de su obra que presenta una magnífica retahíla de libros y películas muy interesantes.
– Porque la novela que hemos elegido es original por la forma en que está escrita y, a la vez, tremendamente penetrante por la manera que aborda los temas fundamentales de nuestra sociedad actual: el racismo, el abuso de poder, las estructuras jerárquicas inservibles que, no obstante, continúan decidiendo, en gran medida, el destino de los hombres.
– Porque a pesar de la oscuridad que nos presenta el libro, nos lleva a un camino donde la esperanza basada en la humanidad y el afecto todavía es posible. A pesar de todo.

Una cata...

Capítulo 1

«Si rascáis los dorados y los barnices, siempre acabaréis descubriendo las tinieblas.»

LEO PERUTZ,
El nacimiento del Anticristo (1921)

I

El Ayudante, que respondía al nombre antiguo de Baraj, sentía todo el peso de su persona y sobre todo de aquel jefe gordo cubierto de rizos cortos. Callaba y lanzaba con aquellos ojos amarillos miradas inquietas hacia su superior, el Policía, que se acababa de arrodillar junto al cadáver. A su alrededor reinaba la noche de invierno, cortando de frío y pintada con tinta.
Baraj era un hombre en mitad de la existencia, que seguía cómo si fuera un camino incómodo. Como muestra, su verguenza constando, y aquella manera de tener miedo de las palabras, a menudo hasta el punto de masticar silencio durante horas con aquellos dientes ennegrecidos por el tabaco que mordisqueaba al atardecer, ante el fuego moribundo del hogar, mientras acariciaba sus Estimados, dos perros grandes que le ocupaban el corazón y la razón.
Tampoco sabía nunca qué hacer con aquellas manos que tenía, gordas, anchas, eczematosas e hinchadas. Por su timidez desgarbada y su masa, el Ayudante recordaba un buey o un caballo de tiro. Solo le faltaba la estaca para ligarlo durante toda su vida, y el hacha para poner fin.
Pero no era paso idiota, como se habría podido pensar a primera vista. Su conocimiento de la pequeña ciudad, de la comarca y de sus habitantes era remarcable. Podía recitar la genealogía de todas las familias de las aldeas de los alrededores, y esto hasta la Frontera. También recordaba las caras y las voces, y la geografía, el catastro, los nombres de los minerales, las especies de árboles y las variedades de plantas medicinales, la comadreja y todas las otras bestias. Su lealtad al Policía era muy firme porque consideraba la jerarquía una ordenación indiscutible.
El Policía se decía Nourio. Era de estatura mediocre, de cara olivacia, y todo huesos. Llevaba un uniforme de no se sabía qué ejército, que los años y el desgaste habían acabado haciendo parecer un atuendo de caza.
Adentro del que debía de haber sido una cartuchera, y que él llevaba en bandolera, metía papeles, libretas y lápices. Un pequeño cuerno de caza, de cocer y abollado, le sobresalía del bolsillo derecho de los pantalones verdes.
Cuando había hecho su aparición todo el mundo se había sorprendido de aquella indumentaria, digna de un circo ambulante, pero con el tiempo ya se habían dejado de fijar. La gente se acostumbra a todo, es muy cierto, y el mundo no deja de girar.
La piel oscura y grogosa de la cara siempre hacía parecer que sufriera alguna enfermedad hepática, y el bigote fino, de un negro de hollín, que le bordeaba el labio superior, acentuaba la sensación de inquietud y de tragedia que emanaba constantemente de su persona. Era algo más joven que su Ayudante, fuerza aspectos más inteligente también, pero en el universo de los hombres no es seguro que esto sea ninguna calidad.
Nourio, que examinaba el cuerpo de la víctima con atención, sin preocuparse por la noche ni por la helada, tenía el grado de capitán. Cuando menos, esto era el que decían los papeles que había presentado a quienes les quería ver cuando había llegado cinco años antes. Así que había abierto la boca se habían dado cuenta que venía de fuera, porque algunas palabras que usaba y la melodía sobre la cual las hacía correr no eran de aquí. Conocía bastante bien nuestra lengua, pero se notaba que no era la suya.
Cuando la Administración imperial lo había destinado con nosotros, todo el mundo lo había mirado y escuchado como una cosa curiosa. A menudo le hacían repetir las palabras para estar seguros de haberlo sentido bien. No era nunca para provocarlo ni para burlarse: era verdad que no se lo entendía. Después el tiempo le educó las orejas, le acostumbró los ojos, y también le puso en la boca entonaciones del país. Se lo respetaba porque sabía ocupar su lugar y cumplir su función, a pesar de que no se lo estimaban, porque no se acaba nunca de estimar aquel que es diferente a nosotros y que viene de fuera.
Por la piel oscura se podría haber pensado que era de ascendencia turca, pero algunos afirmaban que había nacido en Trieste, otros en Salónica, y otros que venía del valle de lo Inn, en la provincia del Tirol. En realidad nadie sabía nada. Del mismo modo que se ignoraba si era musulmán o cristiano, porque no se lo había visto nunca acudir en la iglesia o a la mezquita.
Baraj, el Ayudante, sí que era del país. Aquí levantas una piedra y te sale una caterva de Barajs, y esto desde tiempos inmemoriales, parece que solo estén ellos en la región. Para distinguir los plantones del mismo linaje les ponen un nombre de lugar, o el nombre de pila del padre o el de la madre: Baraj de los Prats, Baraj a la Balsa, Baraj de Ludi, Baraj a la Sevia, Baraj del Humedal, Baraj del Bosque Powo.
El nombre de los hombres forma el nombre de los lugares, y a menudo los extranjeros de hablan del «País Baraj», o bien del «País de Invierno», porque aquí esta estación parece que no se acabe nunca. En algunas esferas políticas de la capital del Imperio, no es extraño designar también nuestra comarca como la «Provincia Perdida», y la expresión con su ambigüedad pone de manifiesto a la vez nuestra posición a los confines del Imperio y el destino que parece esperar en nuestra tierra.
El Ayudante estaba emparentado con les Barajs de la Krajna, pero solo era primo de tercer grado. Esta familia, mitad bestias, mitad hombres, lo había acogido después de la muerte de sus padres y de sus tres hermanos y hermanas durante el Gran Invierno de 1872, y lo había criado al establo a golpes de garrote y de sopa de nabicol.
Reducido a una existencia básica, sin atenciones ni ternura, no se había quejado. No lo vieron nunca llorar. Las bofetadas del Maestro de escuela, que no soportaba ni su aire tonto ni su placidez, más adelante le parecieron caricias, y el aula un palacio.
Fue un alumno flojo pero aprendió a leer y a escribir, a contar, a descifrar los mapas topográficos. De hecho esto último se convirtió en su pasión. Era capaz de pasar horas sin cansarse resiguiendo con aquellos dedos gordos los ribetes beiges o azulados que representaban cerros y ríos, las masas verdosas y oscuras de los bosques, los punteados grises de los caminos antiguos, las sinuosidades de randa de las curvas de nivel.
Baraj no había tomado mujer y vivía con sus dos perros pelirrojos con los ojos salpicados de oro, dos bastardos fornidos de ademán noble con sangre de braco y de perdiguero bávaro, y que eran tan silenciosos como él. Los dos perros eran inseparables. Tanto era así que Baraj no les había puesto un nombre a cada uno, sino que les decía Estimats.

(*) También lo podéis encontrar en EBiblio: https://biblioteca.ebiblio.cat/info/crepuscle-00754231 y https://biblioteca.ebiblio.cat/info/el-crepusculo-00755292

 

 

Fecha:

jueves 30 de abril a les 18:00 hores

Idioma:

Catalán

Lugar:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 – Barcelona

Coordina la actividad:

Glòria López Forcén

Espacio donde se realiza:

pendiente

Esta actividad (gratuita) requiere inscripción previa:

Más información:

UNED Barcelona
Av. Rio de Janeiro, 56-58
08016 Barcelona
93 396 80 59
activitats@barcelona.uned.es